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Una estrategia común contra el ISIS

Vida Nueva

Por primera vez, una adolescente cristiana siria narra la pesadilla de un secuestro durante más de un año y medio por el autodenominado Estado Islámico. Mariam David Tayla ha relatado su cautiverio a un equipo de Vida Nueva en el país. Contar con su testimonio, que evidencia duras secuelas por la barbarie yihadista, es un hecho excepcional en tanto que son pocos los cristianos que sobreviven a estos ataques terroristas. Los que no se convierten en mártires por este grupo extremista son explotados y vejados como víctimas de un proselitismo sin límites. La voz de Mariam es la de los perseguidos por su fe en una tierra sumida en cinco años de guerra civil fratricida. Con más de 400.000 muertos y el 10% de la población desplazada, la violencia en Siria ha entrelazado los motivos políticos con el sectarismo religioso, generando una situación insostenible, especialmente para los grupos minoritarios, como los cristianos, que apenas representan ya el 5% de la población. Todo aquel que no claudique a los postulados del Estado Islámico está en el punto de mira. Así, se profanan iglesias y mezquitas, se asesina a obispos, pero también a imanes. Todo ciudadano es objetivo de estos criminales que se amparan sin justificación en el islam.

Del papel proactivo de los estados, de la voz de denuncia de las instituciones y de la unidad en la oración de todos los creyentes, depende el futuro de Oriente Medio y del Estado Islámico.

Pero, ¿qué hacer para frenar este genocidio? Todos los analistas internacionales coinciden en la dificultad de una solución sencilla, en tanto que se exige abordar, al menos, dos frentes difíciles de desligar: por un lado, el conflicto interno de Siria, complejo por sí mismo, y, por otro, el alcance global del yihadismo. Una guerra no se puede frenar con una intervención militar exterior, pero no menos cierto es que el respaldo de Rusia al ejército nacional de Siria ha permitido frenar al ISIS. Lo que está claro es que la aparente inacción de Estados Unidos y Europa –obcecada en levantar muros ilegales de contención a los refugiados– tampoco ayuda. Menos aún el comercio de armas y otros bienes que desde las grandes economías permiten financiar a los grupos extremistas, como denuncian Francisco y los misioneros que permanecen en la región. Desde ahí, urge un verdadero compromiso internacional para frenar la espiral de violencia en el país toda vez que estos acuerdos exteriores no sean una imposición para el pueblo sirio, que debe llevar las riendas para elaborar su propia hoja de ruta hacia la paz. Solo desde una estrategia común se generará un punto de inflexión en Siria, así como en la lucha contra el Estado Islámico. De este papel proactivo de los estados, de la voz de denuncia de las instituciones y de la unidad en la oración de todos los creyentes, depende que las otras ‘Mariam’ recuperen su libertad.